domingo, 23 de febrero de 2014

I



Desde que nací los veo y no me parece extraño. En la calle, parque o ahora en el metro, dos hombres tomados de la mano, sonríen, se abrazan, uno lleva un ramo de flores coloridas, se besan. Se quieren, se nota que se quieren como mamá y papá se quieren. Los tenemos justo enfrente de nosotros, es inevitable verlos.
Al salir, mi mamá pregunta si me perturbó lo que vi, no, si me gustan los niños o las niñas, nunca me he fijado en ellos, me gusta Martita, la de la mochila verde y colitas que se sienta en la tercera fila, siempre me sonríe en el salón.
Es ahí, en el salón,  donde le llaman la atención a Luis por intentar besar a Carlos en el día de los enamorados.  La maestra lo regaña enfrente de todos, los demás lo molestan, le dicen volteado, marica, puto, los maestros lo ven como bicho raro y tiene que dejar la escuela. ¿Estaría mal si a mí me gustaran los niños?
Mas no es así, llego a la preparatoria y me siguen gustando las mujeres. En el salón de quinto conozco a Martín y Santiago, una pareja homosexual. Acaban de cumplir un año. Martín se fijó en los hombres siempre, desde el kínder; Santiago había salido con algunas mujeres, pero nunca le llamaron la atención, fue hasta en la prepa, en una fiesta donde conoció a Martín, le dio un beso que lo sacó del closet. Se gustan desde ese día, se aman desde hace algunos meses.
Es algo contra lo que no puedes luchar, me dice Martín, ni tus padres, amigos, familiares, psicólogos o cualquier dios pueden hacer algo para evitar que te gusten los hombres, así como no pueden evitar que a ti te gusten las mujeres.

México D.F a 23 de febrero de 2014.